2 de noviembre de 2017

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Lector 1
Hoy celebramos a nuestros hermanos difuntos; hacemos memoria de nuestros hermanos que han muerto. A algunos de ellos les podemos poner nombre y apellidos. Son nuestros familiares y conocidos, personas con las que hablamos y tratamos. Algunos de ellos quizá han sido importantes, muy importantes, en nuestra vida. Pero han desaparecido. Han muerto. Su vida ha llegado a su fin. Y más allá de ese momento se cierne un velo de misterio que desde siempre ha asombrado a la humanidad. Hasta los más escépticos guardan silencio en el
momento de la muerte. Nos quedamos sin palabra. 
Lector 2
Los cristianos celebramos este día porque creemos que están vivos. Ahí está la clave. Podemos afirmar  apoyados en Jesús que  más allá de la muerte, hay vida. Una vida diferente pero vida. Y una vida que creemos que es para ellos, y será para nosotros, vida en plenitud.
Apostamos que hay vida después de la muerte, que esa vida es vida en plenitud, que Dios, el Abbá de Jesús, no nos dejará tirados para siempre. Y todo ello porque nos fiamos de la palabra de Jesús, de su vida y del testimonio de aquellos discípulos suyos que lo vieron resucitado. 
Lector 1
No tenemos más a qué agarrarnos. Ni más ni menos. Nuestra fe. Desde ella proclamamos nuestro derecho a la esperanza, a mirar a la muerte sin miedo y estar convencidos de que no es más que un paso –oscuro y complicado pero paso al fin– a una vida mejor en la presencia del Dios de Jesús.
Tengamos en esta mañana una oración por los difuntos que hemos conocido.
Decimos juntos:
Desde lo hondo a ti grito, Señor; 
Señor, escucha mi voz; 
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. 

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,                                   
espera en su palabra; 
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora. 

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora; 
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa. 

Y él redimirá a Israel 
de todos sus delitos. 
Dale Señor el descanso 
y la luz eterna.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo ...