16 de noviembre de 2018

AL ACABAR EL DÍA

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén   

Lector 1:
Con frecuencia, al acabar el día, sientes que te pesa el ruido, el ajetreo de la jornada vivida intensamente, el can­sancio... y, en muchas ocasiones, el vacío interior. Es el momento de entrar en lo profundo de ti mismo y dar sentido al día que has vivido. Cinco minutos nada más, vividos en el corazón de la noche, en silencio y el sosiego. Cualquier plegaria hecha en el medio de la noche se con­vierte en potente foco capaz de iluminar tanto
despiste como experimentamos durante el día. Es el momento de abandonarse confiadamente en las ma­nos del Padre, pasar la página del que hemos vivido y sen­tir que todo nuestro ser descansa en Dios. 
Lector 2:
Palabra de Dios
“Por aquellos días fue Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.  Su fama se extendió mucho, y mucha gente acudía para oírlo y para que les curase las enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios para orar”. 


Lector 3:
Reflexión
Oración de un joven de 18 años

¿Mi oración? Es algo muy simple y al mismo tiempo muy complejo. Es hablar con Dios, darle gracias, pedirle, estar con Él, alabarle, recordarle durante todo el día. En la oración, como en la vida, se pasan temporadas de todo: gustos sensibles, sequedad, cansancio, alegría, espe­ranza... La oración es una vivencia del Espíritu y, como todo lo que es del Espíritu, resulta difícil concretar y a veces también de experimentar. La oración para mí es cavar en un terreno seco en el que, de vez en cuando, en­cuentras un manantial de agua fresca. Ese encuentro te alegra tanto, te dan tanta fuerza, que sigues de nuevo ca­vando y cavando aunque tardes en volver a encontrar agua. 

¿Dificultades? ¡Muchas: cansancio, desánimo, falta de ganas de quedarte en soledad con Dios. Cuando las cosas van bien, es más fácil. Te siente “recompensado” por Dios. Pero cuando no obtienes lo que pides... ¡qué difícil es aceptar que ése es el plan de Dios para ti! ¿Gozos? ¡También muchos! Dios se te hace presente y un solo instante de su compañía hace que te sientas tan feliz como el que más.

Recitamos juntos:
Despierta, Señor, nuestros corazones, que se han dormido en las cosas y ya no tienen fuerza para amar.  
Despie ha apa
Despierte, Señor, nuestras ganas de felicidad, porque nos perdemos en diversiones caducas. 
Despierta, Señor, nuestro corazón que se ha interesado y no sabe del amor que se entrega gratuitamente al pobre.
Despierta, Señor, todo nuestro ser, porque hay caminos que sólo se hacen con los ojos abiertos para reconocerte.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo …