3 de febrero de 2020

SAN BLAS

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Lector 1:
«San Blas bendito, que se ahoga este angelito.»
¿Quién no escuchó esta jaculatoria, cuando se hacía apurada la situación del niño que se tragó una bola o quedó sin respiración cuando el caramelo o el chicle se le coló indebidamente? 
Al tiempo que se intenta facilitar la expulsión del cuerpo extraño, se invoca a uno de los santos más populares, cercanos y amables de la antigüedad cuyo culto se extendió durante la Edad Media por toda la cristiandad y ha llegado a nuestra cultura como protector de los males de garganta.
Lector 2:
Hoy celebramos su fiesta.
Y lo curioso es que de Blas se sabe poco porque su vida solo se escribió cuando pasaron más de cuatro siglos desde que murió. Naturalmente, las Actas están llenas de fantasías que el pueblo había ido amontonando con el paso del tiempo agradecidos por los favores recibidos de san Blas.
Nació en Sebaste –actual Sivas–, en la segunda mitad del siglo III. Era un armenio.
Dicen que fue médico –entiéndase de cuerpos–, pero aseguran también que ejercía del mismo modo, con la misma pericia y con estupenda generosidad la medicina en las almas. Era la caridad la virtud que le impulsaba a hacer el bien, dando consuelo para los remordimientos y paz en las tempestades de dentro.
Así que lo eligieron obispo por aclamación del clero local y el pueblo.
Lector 1:
Las circunstancias externas eran extremadamente difíciles por la persecución de Diocleciano y de sus sucesores.
Cuenta el relato de su vida que aquel sabio y bondadoso obispo, Blas, se refugió en las montañas y desde allí mantenía contacto con sus fieles esporádicamente y en oculto, consolándoles y fortaleciéndoles con su ejemplo y palabra. 
Se le juzga por blasfemo y se le martiriza. Fue decapitado en el año 316.
Lector 2:
Su culto se extendió por todo Oriente y, luego, por Occidente. Llegó hasta nuestros días y en el día de hoy en muchos de nuestros pueblos y ciudades se recuerda a este hombre de fe que nos protege.
El mayor eco que encontró en el pueblo es el de protector para los males y enfermedades de garganta. 
Y juntos le pedimos su protección:
San Blas, que lleno de júbilo, en el camino a la cárcel, 
obrasteis prodigios y salvasteis la vida de un niño
que se moría ahogado por una espina que tenía atravesada en la garganta, 
alcanzadnos del Señor la gracia de vernos libres de todas las enfermedades de la garganta y
emplear a ésta siempre para la gloria de Dios.
No permitas que utilicemos nuestras gargantas para no hacer el  bien. 
San Blas nuestro consuelo, por tu martirio líbranos de enfermedades. Amén
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén